Sindicación de contenidos
Boletín electrónico
Contacto
Mapa web
Logo de FacebookLogo de Google +Logotipo Twitter
 
boton pinteres
Imprime ContenidoEnviar a un Amigo
 

${estadoCorreo}

 

Tapas para soñar

 
Diario El Comercio año 1998.

De alguna forma, bien podríamos decir que se trata de un vestigio, de un recuerdo evolucionado de lo que fueron antaño los mezzés mozárabes, aquella maravillosa costumbre que consistía en poner una mesa con docenas de bandejitas llenas de distintos guisos, alrededor de la cual se sentaban los miembros de la familia o los invitados, y durante horas se picaba y se bebía pausadamente, dándole más importancia a la conversación, que siempre debía ser acerca de temas gratos, a ser posible hedonistas, que al propio hecho fisiológico de la alimentación en sí.

¡Que tiempos! Vivir para comer y no comer para vivir, eso es practicar una filosofía inteligente sobre el sentido de la vida.
Y es que, imagínense: hoy, 29 de mayo, Sevilla, tres de la tarde, cuarenta y dos grados a la sombra, los pájaros abanicándose con las alas y pidiendo agua por señas, y un camarero muy serio que nos ofrece una carta con la típica fabada, sopa de pescado, merluza a la romana y carne asada. Solo con pensarlo se me hace un nudo en el píloro que no creo que hoy pueda comer.
Si por el contrario nos encontramos con una mesa llena de menudencias, pues quizás empecemos a dejarnos tentar por esa taza helada de gazpachito que nos ofrece el anfitrión, y luego ya vendrán rodando las boquitas de la isla, algún camarón, esa tajadita furtiva de mojama que quedaba en un plato, ya de paso su vecina de jamón, unas huevas de merluza en ensalada, y vaya usted a saber si al final no aparece por la mesa algún estofado de rabo o algún guiso de cazón, porque ya metidos en harina, pues parece que el cuerpo ya pide guerra, y nos ponemos como el tío Kiko.
Evidentemente Asturias no tiene ese clima, pero aunque nuestro carácter tampoco sea tan extrovertido como el sevillano, lo cierto es que nos va la marcha como al que más, y si bien nuestra imagen es de lluvia, chimenea y fabadona (no hay más que ver esos incalificables esperpentos de anuncios televisivos), no menos cierto es también que la mayoría de los días que salimos a comer fuera de casa preferimos esa comida informal de sidrería, que es tapeo asturiano, a sentarnos a mesa y mantel, para comer ortodoxamente el guiso y la carne asada.
Los tiempos cambian y las costumbres se adaptan a los modos de vida.
En los sesenta los poderes fácticos buscaban los comedores más elegantes para sacar a cenar a sus señoras (o lo que se terciase) forradas de visones y joyas. Hoy esas horteradas ya no se ven fuera de los escenarios de vodevil, y hasta el más distinguido consejero, se pone perdido comiendo caracoles con su familia en una ruidosa sidrería.
Nadie que pase hoy día por San Sebastián se pierde una ronda de pinchos por el barrio viejo, anteponiéndola incluso a la gran experiencia de disfrutar de un menu degustación en Arzac, Zuberoa, o Berasategui.
Mientras en Gijón se regalan, lo cual no está mal sino fuese porque con esta costumbre se elimina la capacidad de elección.
A mi particularmente me parece más razonable que me cobren la cerveza a 150 y no a 250, y ya por mi cuenta pedir tres o cuatro pinchos a mi antojo, y pagarlos a veinte o treinta duros como tapa libre.


Si le interesa leer más sobre este tema, pinche en el icono Buscador (ángulo superior derecho de su pantalla) y escriba la palabra objeto de estudio. También le recomendamos consultar en La Simbología de los alimentos

Escrito por el