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Kit básico para cocinillas.

Sofrito completo
 
Sofrito completo

Publicada en el Nº40 de la revista PlanetAVino como Cena de Navidad para enolocos, 2011
 

Dejando a un lado las manidas crisis y recesiones, hay un motivo añadido a los alcoholímetros (esos no son entelequias) para quedarse en casa a cenar con un buen vino, y es que los señores restauradores, esos que últimamente visten toga, salen en los medios sentando cátedra y pretenden rango de senador, en vez de aplicar ciertos reajustes a los precios de sus cartas, siguen metiendo el estoque hasta la bola con los vinos, y a uno, que le cuesta mucho ganarse sus euritos, pues le repatea pagar 50€ por un vino que en la tienda está a no más de 15€.

Es una incongruencia, porque al final se los van a beber ellos, pero si las bodegas, que no saben ya que hacer para deshacerse de sus monstruosas existencias, están bajando los precios a calzón quitado, pues hombre, juguemos todos a la baja, que será la única forma de remover algo las telarañas.
Claro que buena parte de la culpa de esta situación la tienen los critiquillos adoradores de la sopa boba, porque como solo pagan cuando van al Burger, pues cuentan glorias de todos los comedores finos donde se dan el pote, y así, si la crítica no cumple su cometido, pues hay mucho torpe que sigue echando la culpa a la crisis y vendiendo el Viña Ardanza a 60€. Bueno, intentando venderlo, porque el mercado ha vuelto a pedir el vino de la casa, otra vergüenza de la que ya hablamos en El toque del quera (Nº27).
Una vez situados en el contexto socio temporal del país, vamos a ver como pasamos el trago de las comidas de Navidad sin tener que recurrir a los caterings, que son como los restaurantes, pero peor.
Aunque parezca mentira, hay mucho desdichado solitario que, llegado el momento de intentar comer algo que no sea un nauseabundo precocinado congelado, no sabe que, para hacerse algo más que una tortilla francesa, se necesita un pelador, un cuchillo cebollero, una sartén antiadherente, una cuchara de madera o teflón, una espumadera (también de teflón para no arruinar la sartén el primer día), un abrelatas (el de la marca Explorador es el mejor y más barato), etc. También se necesita una escobilla para lavar los platos y cacharros, pero bueno, aunque se viva con un microondas, el Fairy, ya suele estar presente.
En buena medida ya hemos dado muchos consejos al respecto en la sección “Cocinillas”, de modo que no voy a profundizar en temas ya tratados, simplemente decirles, por ejemplo, que los cuchillos de la marca Arcos (sobre todo unos domésticos que tenían el mango de plástico blanco), son excelentes, baratos y fáciles de encontrar, porque con lo que cuesta un cebollero de Wüsthof de la serie Cordon Bleu, ya podemos tener toda la colección de la marca de Albacete.
 
El plan
Partiendo de la base de que nuestro protagonista es un pobre solitario a quién la última analítica le ha puesto sobre aviso acerca de los venenos que estaba ingiriendo a través de los precocinados, y que no tiene pajolera idea de lo que significa bridar una pularda, vamos a diseñarle un plan de supervivencia para estas fechas, en que hasta echa de menos a su suegra, no por nostalgia, sino por sus croquetas y su estofado de carne, porque con eso podría sobrevivir felizmente hasta el verano.
La Navidad es un tiempo cruel, sobre todo para quienes no tenemos padre, ni madre, ni perrito que nos ladre, porque parece que todo el mundo está alegre y contento (mentira), las tiendas están de bote en bote (verdad), los precios suben hasta la estratosfera sin saber porqué (axioma), y cada día hay algún motivo para celebrar algo con una comilona (estupidez).
Nuestro navideño solitario debe empezar por hacer cómputo de su presupuesto, porque si está forrado, lo más razonable es cogerse un avión y largarse a Brasil a celebrar la Nochebuena en la playa de Copacabana, con un par de mulatas y un camarero privado haciendo mojitos y caipiriñas sin descanso.
Si no es ese el caso sino más bien todo lo contrario, puede aprovechar su soledad para hacer una dieta a base de apio verde, rúcula y endivias, que es de lo más depurativo y bastante económico.
Pero si comete la estupidez de pretender celebrar estas fechas como cuando creía en los Reyes Magos y su mamá preparaba sopa de mariscos y pavo relleno, pues vamos a echarle una mano antes de que se nos suicide.
En primer lugar debe hacer una compra de materias primas, es decir, de productos naturales. Arroz (un bol de arroz blanco en la nevera nos puede sacar de muchas penurias), patatas (otro tupper con patatas cocidas es también un salvavidas), zanahorias, cebollas, ajos, tomates y pimientos (con un sofrito bien hecho, que se puede congelar en porciones, podemos hacer mil guisotes), un variadito de frutas (es un amuleto de buena suerte y verlo, produce optimismo), y algunos quesos ricos, que por la noche nos pueden solucionar alguna cena de fortuna.
 
Los platos y sus utensilios.
Las sopas y el cacillo: En España hemos perdido la costumbre de cenar una reconstituyente sopita de invierno, seguro que por esas porquerías de sopicaldos de sobre que nos han embuchado durante años, pero hacer una sopa es muy fácil, barato y puede resultar deliciosa.
Por ejemplo, la humilde Sopa de ajo. Necesitamos un cazo de mango largo (vale cualquier cazuelita, pero es por dar pistas de menaje útil), un cuchillo cebollero para aplastar los ajos y otro de sierra para el pan. Es aconsejable ponerle unas tiritas de tocino de jamón ibérico, pero eso ya depende de la solvencia de la casa. Ponemos a dorar los ajos en aceite (previamente aplastados con el chuchillo para quitarles la cáscara y despachurrarlos un poco) con el tocino y, cuando cojan color, se retira el cazo y se añade una cucharadita de pimentón de La Vera. Añadimos el pan duro (debe ser bueno, nada de baguettes) cortado en lonchas, cubrimos de agua y a hervir veinte minutos (hasta que el pan quede blandito, casi mocoso). Esta sopa se puede congelar para casos de emergencia y, al momento de comerla, se puede romper un huevo dentro, con la yema entera, y tendremos toda una cena o un buen primer plato de una comida contundente.
He puesto esta como ejemplo, pero hay millones de sopas deliciosas y muy fáciles de preparar, tanto de carne, de pollo, de pescado, de hortalizas, de arroz... Les aconsejo que miren las sopas japonesas, son un mundo y muy sencillas, porque con un poco de miso, cuatro algas y unos fideos, habremos templado el cuerpo y salvado digna y saludablemente una cena.
Los revueltos y la sartén (soté o sauteuse): Otro recurso de fortuna que bien hecho es una delicia, son los revueltos. Nada que ver con esas argamasas que sirven en la hostelería, porque un revuelto, para ser algo realmente agradable, ha de resultar cremoso, ligero, perfumado, y no un engrudo apelmazado cuya única virtud es que, después de un cuarto de hora de sartén, desde luego no tendrá rastro de salmonella, ni de nada. El más simple de todos es el Revuelto de ajos. No de ajos tiernos ni de mariconadas al uso, sino de ajos, ajos, como los que comía Sancho Panza. Claro que si después de unas sopas de ajo, nos metemos un revuelto de ídem, pues como esa noche liguemos, nuestro idilio será efímero. Pero para dar pistas vale. Además son muy sanos, sobre todo para el reuma. No necesitamos cambiar de cuchillo, porque siempre se habla de las famosas puntillas, pero sabiéndolo manejar, con un buen cebollero haremos cualquier cosa. Aplastamos los ajos para pelarlos y destrozarlos un poco, los cortamos en rodajas y los ponemos a dorar en una sartén con un fondillo de aceite de oliva. No deben tostarse, solo coger un poco de color, y entonces rompemos los huevos sobre la sartén sin romper las yemas ¡Este es el truco mágico! De esta forma, con un tenedor de madera o teflón, moveremos cuidadosamente la clara hasta que se cuaje por completo (la clara cruda da asco, parece moco) y, ya fuera del fuego, rompemos las yemas y removemos todo para que resulte cremoso (¿A quién no le gusta mojar pan en la yema sin cuajar de un huevo frito?). Debe comerse ipso facto, de hecho, si tenemos partenaire, no está de más que nos acompañe en la operación, sobre todo porque así, como también lo comerá, nuestra boca no le apestará a arriero. Es importante comprar una buena sartén con fondo difusor y doble capa de Teflón, como las Valira, que son caras, pero merecen la pena. Aún así es conveniente siempre lavarla con agua muy caliente y una esponja suave que no raye la capa antiadherente, porque sino durará dos asaltos. En el de la foto verán unos trocitos de erizo de mar en conserva. Eso ya es una exquisitez digna de enamorar a la mismísima Rita Hayworth, y no tiene mayor misterio que comprar una lata de huevas de erizo de mar y volcarla en la sartén antes de cascar los huevos, luego se prosigue con el mismo método de no romper las yemas hasta el final.
Los sofritos y la sartén alta: He aquí algo que para muchos ya entra en el mundo de alta cocina, y en verdad debería serlo, porque con un buen sofrito podemos hacer deliciosas sopas, guisos, estofados y un sinfín de platos nutritivos y súper sabrosos. De hecho, en toda la cocina catalana y levantina, por no decir mediterránea, los sofregits son la piedra angular para la mayoría de sus platos, con mil variantes según sea su destino.
Para este plato vamos a introducir un nuevo instrumento, el pelador, un utensilio barato y comodísimo, que no entraña peligros y se guarda en cualquier sitio. Busquen la marca KUHN RIKON, es suizo pero muy barato, y funciona como hoja de barbero. Con él pueden pelar frutas, patatas, tomates, zanahorias, etc. En este caso pelaremos las zanahorias y el tomate. Pelaremos la cebolla y la partimos en trocitos pequeños, junto a los ajos, el pimiento y las zanahorias. Se pone todo a pochar lentamente en una sartén con tapa (“pochar” quiere decir freír muy lentamente, es un sinónimo de confitar). Este proceso debe hacerse con la sartén tapada para que los vegetales suden y se cuezan en su propio agua de vegetación (debemos tener al menos dos sartenes, una pequeña para los revueltos, y otra grande y con tapa para los sofritos y ciertos guisos). De vez en cuando abrimos para remover y así se evaporará una buena parte de ese agua, hasta que veamos que el sofrito empieza a dorarse, momento en que añadimos una copa de vino fino, el tomate troceado y le damos otro hervor fuerte. Con esto ya está listo nuestro sofrito y podemos usarlo para cocer en él unos trozos de carne (a ser posible en la olla exprés para que quede blandita sin peligro de pegarse), de pollo, usarlo para aliñar una pasta o hasta simplemente para escalfar unos huevos, porque el sabor es soberbio. Bueno, o para poner por encima de un pescado y asarlo en el horno, que no es tontería.
Lubina al ajillo y el horno: La verdad es que la he tomado con el ajo, quizás porque llevo varios meses negociando con vampiros y, aunque no me den el crédito, por lo menos no quiero que me chupen la sangre. En Navidad es un tanto suicida comprar pescado porque suele estar por las nubes, pero los de piscifactoría, salvo que el pescadero sea un pirata (en cuyo caso conviene cambiar de proveedor rápidamente), suelen mantenerse. Lo propio de Navidad es hacer una hermosa lubina de dos o tres kilos, bien a la Bellavista (perdón por la cursilada, pero si digo hervida, suena a comida de enfermos), bien al horno con patatitas panadera, pero claro, una lubina salvaje de ese calibre, nos puede costar el sueldo. Aquí lo importante es hablar del horno, pieza importantísima que muchos divorciados desprecian, quizás por razones erógenas que prefiero obviar. Por lo general, los hornos que tienen instalados los pisos deben usarse para guardar sartenes, cazos y otros adminículos, porque suelen ser catastróficos, sin embargo hay hornos de sobremesa que son rápidos, cómodos, rápidos, baratos, fáciles de limpiar y encima consumen poco. Como ningún navideño solitario va a asar un cordero entero, pues con uno normalito, va que chuta. Es un electrodoméstico que nos va a dar mucho juego, desde preparar un buen número de tostadas para cenar una lata de caviar iraní con la churri, hasta recalentar esa mousaka que hemos preparado el sábado como alternativa al medio kilo de somníferos. Por supuesto no quiero ni mencionar ese invento del averno llamado microondas, antítesis de la cocina casera y verdugo de las tortillas de patata de bar. Para este plato basta con poner un poco de aceite sobre la bandeja, colocar el teleósteo sobre la mancha, poner una copita de vino blanco y un poco de sal, y meterlo a fuego fuerte. Mientras, en la sartén pequeña, freímos ligeramente los ajos previamente despachurrados, y cuando tomen color, sacamos con cuidado la bandeja y rociamos el sofrito por encima de la lubina. Si no vertemos el contenido de la bandeja por el suelo, esta es una receta fácil, molona, y muy sabrosa. Incluso podemos pedirle al pescadero que nos la abra para hacer a la espalda y así estará lista en diez minutos.
El postre. Si algo tiene de bueno la Navidad, es que con esas chucherías que nos regalan en la oficina, ya tenemos solucionado el conflicto. Realmente son porquerías que con solo mirarlas ya nos sube la glucosa, pero si tenemos una cena compartida, pues siempre queda bien sacar la típica bandejita con turrones surtidos, mazapanes, alfajores, y demás cochinadas.
Había pensado diseñar un postre con ajos, pero a partir de cierto punto, las bromas ya dejan de tener gracia, así que ya solo me queda aconsejar a nuestro solitario navideño que rompa la hucha y vaya a algún comercio especializado y se regale unos buenos vinos, porque con la pasta que se ahorrado, bien puede pagarse uno de esos 95/100 de la Guía Proensa.
 
 

 

Escrito por el (actualizado: 29/04/2017)