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Volver al Ribeiro

En la terraza de Casal de Armán
 
En la terraza de Casal de Armán
Julio 2008
 

Después de diez años condenado al ostracismo y al desprecio, acabo de volver a visitar el Ribeiro y ¡Sorpresa! No solo sus vinos han dado un giro de 180º respecto a lo que hizo durante décadas, sino que, en este último lustro, toda la comarca ha florecido, con hoteles que son verdaderos palacios, pueblos reconstruidos y unos vinos de espatarrar.

"Pepe - me dijo mi viejo colega y a pesar de ello querido amigo, Andrés Proensa – ven, que te vas a llevar una sorpresa. Ya no solo está Viña Mein haciendo buenos vinos, vas a ver qué cosas están haciendo con la Treixadura, la Godello y la Albariño. Nada que ver con lo que conoces."

Así que preparé el petate y cogí camino a una de mis zonas malditas, una D.O. contra la que despotriqué todo lo que pude desde mis respectivas tribunas.
La entrada no fue triunfal, porque, entre las penosas señalizaciones que acostumbran a gastarse por Galicia y un TomTom que hizo su último viaje (lo machaqué contra el suelo después de que me perdiese tres veces buscando el Balneario de Laias, que por cierto lo tienen tan escondido que deben quererlo para ellos solos), la verdad es que llegué al deseado hotel con dos horas de retraso y apenas si tuve tiempo de probar sus relajantes aguas medicinales (de la memez de sus empleados ya hablaré en otro momento).

La primera visita que hicimos esa misma tarde fue a Coto de Gomariz , desde donde vimos la obra faraónica de viticultura en bancales hechos con granito (si en Google maps , ponen Barro de Leiro, en la vista de satélite, verán los viñedos desde el cielo) y las explicaciones de cómo fue aquí donde se inició toda esa cultura que, después y por razones largas de contar pero siempre ligadas con la Iglesia, pasó a Portugal, y los ingleses que comerciaban con los judíos instalados en Rivadavia, se fueron a comprar sus vinos a Oporto (les aconsejo que conozcan su historia, es interesantísima y pueden ver algo en la página del CRDO).

Creo que solo por la vista que se tiene desde allí de ese mar de viñedos y pueblos casi medievales, ya merece la pena el viaje, eso sí, probando sus formidables vinos en que, según nos explicó el enólogo, no buscan la personalidad de las uvas, sino la presencia del terreno, así que hacen vinos de distintas fincas en las que han sembrado, según la altitud, Treixadura, Godello, Albariño y Loureira.

De allí fuimos a cenar al Muiño das Lousas, propiedad de estos mismos bodegueros y una verdadera obra de buen gusto con la que rescataron un viejo molino en el que cenamos esa cocina de nuevo cuño que Santi Santamaría defiende frente a las tomaduras de pelo de Sergi Arola & Cº. Por ejemplo, un carpaccio de pulpo con berberechos al vapor y aliño de aceite gallego, que despertó emociones.
A la mañana siguiente tocó paliza, visita a Viña Mein, Pazo Tizón, Pazo Casanova, Pazo do Mar y Bodegas Campante, aunque en esta última comimos en la viña, disfrutando del embalse del Miño, y de un catering servido por el restaurante Galileo de Santa Baia (al lado de Orense), que nos dejó maravillados, sobre todo unos ravioli de ricotta con cebollino en un caldo de vino Treixadura, insuperables.
Como a pesar de ser rojos y ateos, la pasión de fútbol parece que supera los límites del raciocinio, se acordó con la bodega Casal de Armán que se haría un receso durante la semifinal España – Rusia, para lo cual se habilitó un espacio en que mis queridos colegas pudieron rebuznar hasta la afonía. Mientras tanto, un servidor disfrutó del atardecer tras el Monte Mayor desde el jardín de ese maravilloso pazo convertido en hotel rural, eso sí, picando unos percebes, unos camaroncitos, un pulpo recién hecho por una pulpería de Carballiño y una empanada de rape que estaba tan buena como el resto. Y de sus vinos claro, porque no solo disfruté de un blanco que lleva un notable porcentaje de Torrontés y un tinto elaborado a partes iguales con las tres grandes de Galicia, Caiño longo, Brancellao y Sousón, sino que incluso probé un moscatel de grano menudo que saldrá en breve, que ya verán qué delicia.

Aprovechando la euforia nacional, un servidor hizo mutis por el foro para poder catar al día siguiente en aceptables condiciones, precaución que agradecí enormemente porque la cata fue interesantísima, tanto que ni siquiera renegamos del madrugón (empezar a catar a las nueve de la mañana después de una velada a golpe de gintonics de Citadelle, les aseguro que es bastante poco apetecible).

La cata se realizó en un lugar al que espero volver en breve: el Monasterio de San Clodio, un fascinante monumento románico- gótico, rehabilitado en hotel de ****, con dos fascinantes claustros renacentistas que susurran mil historias de los monjes del Cister que lo levantaron en el siglo XII, precisamente para elaborar vino. Es un lugar en que disfruté de los sonidos del silencio, rotos solo por el frenético trinar de miles de golondrinas, pero acompasado por el ronroneo continuo de la fuente. Paisaje de San
Todo el pueblo es un retorno en el tiempo, pero el monasterio es ya la gloria, de granito claro, porque allí todo es granito. En realidad Ribeiro es el imperio del granito, todo allí de es de granito, hasta los abanicos son de granito (yo quise comprar uno de recuerdo, pero no quedaban).
La cata fue sorprendente. Probamos cuarenta y tantos vinos, los mejores, claro, pero el mejor halago que puedo hacer a todos ellos y del CRDO que ha impulsado esta renovación, es que el Viña Mein, que hasta hace tres años hubiera danzado en solitario, en esta ocasión, estando su 2007 de autentica locura, se mostró casi como uno más. Para mi gusto el mejor, desde luego, sobre todo el fermentado en roble que es apasionante, pero sin que dijésemos aquello de: ¿Ribeiro? Hombre, Viña Mein sí, magnífico, pero ¿qué otra cosa se puede beber?
No he citado a Emilio Rojo porque el snobismo llevado a los extremos que este personaje materializa, me resultan indigestos, solo apuntar que en esa cata, salvo por el precio en que se destacaba casi groseramente, por lo demás estaba en el pelotón.
Apostaría algo a que el señor Proensa va a tener trabajo este año para hacer la selección de Ribeiro. Eso, o tendrá que meter una docena de bodegas, porque vaya repertorio que probamos.

Otra sorpresa fue la visita a la bodega del director de cine José Luís Cuerda. Después de una gran cata, lo único que apetece es una cerveza helada, pero, además de un “Queixo do País” de esos desparramados por la proteolisis (efecto torta) que nos enamoró, volver a probar su San Clodio, esta vez sin ficha que rellenar, solo con un trozo de empanada delante, esto sí que fue una gozada. Ese toque a sidra asturiana que aporta la Godello del Ribeiro, a diferencia de la de Valdeorras que sabe a manzana sobremadura, incluso asada, se manifestaba nítidamente en su vino, otro de los que apunté en mi libreta secreta de favoritos.

La comida en la Cooperativa, sonó un poco a despedida, porque algunos colegas tenían que coger aviones y esas cosas, pero el menú gallego que diseñó Tito, el enólogo jefe y gerente, ya saben: Ostras, Cigalas, Nécoras, empanada, etc., nos permitió comprobar algo que oímos en repetidas ocasiones durante la excursión: “En ribeiro hacemos vinos para comer, no para ganar concursos”. Buena filosofía.Pularda rellena

No voy a despreciar, Dios me libre, otras joyas de nuestra enología, como son los verdejos de Rueda o los albariños de Rías Baixas, pero ya he repetido hasta la saciedad que son vinos para comer cerdo y aves de corral, no pescados y mariscos, porque sus desbordantes fragancias anulan las más sutiles de estas golosinas. Por el contrario, de los vinos probados, me he llevado en el morral unas cuantas botellas para incluir en mi próximo libro “Comer con vino”, porque he visto como se integraban con algunos mariscos.
Quiero agradecer a la D.O. la buena idea de haber patrocinado este reencuentro y a mi querido amigo Andrés que me haya convencido para asistir (desde que me dio el pampurrio no salgo de casa salvo para dar mis paseos terapéuticos y hacer la compra), porque he descubierto un mundo nuevo, un nuevo Ribeiro que va a dar mucho que hablar.

Ribeiro ha despertado a la calidad. En cuanto planifiquen unas rutas de enoturismo, eso va a ser una bomba, porque esa noche, ya en plan canalla, con las compañeras Tere Gallimó, Paz Ybison y Mª Antonio Fdez. Daza, estuvimos cenando a la ribera del Miño, en la terraza de un comedorín llamado Boavista, en el pueblo de Barbantes Estación (allí casi todos los bares se llaman Boavista), en plan cañas de cerveza y vino tinto peleón de la casa, pero unas anguilas fritas inolvidables y una tortilla de patata, de las de los tiempos de Franco.
Qué bien me lo pasé ¡Coño!

Escrito por el (actualizado: 03/03/2015)